Está tumbada en un tejado sobre el edificio más alto de la manzana, su brazo estirado pende sobre la calle semidesierta. La melena oscura se derrama alrededor de su cara felina, rebelde. Apura la última calada de su cigarro y, con un impulso del dedo índice, deja que el abismo de la ciudad se lo trague. El sol se consume ya en el horizonte, y un rayo de luz travieso busca en el reflejo de una ventana sus ojos de gata.
- Joder. - Dice levantándose pesadamente, el viento le roza el rostro. Un pie avanza inseguro hacia la siguiente teja y comprueba su estabilidad, otro y otro. Para cuando abre los ojos se encuenrta ya asomada a la enorme boca urbana que desciende verticalmente hasta el duro aslfato.
Inclina los párpados. Las calles de huelen a frío y humo; la gente pasea allí abajo, ajena a la mujer que, con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara se precipita al vacío sin más protección que su propia esperanza.
La caída libre dura milésimas, pero son suficientes para hacerle sentir que algo se mueve en su interior. La adrenalina se libera en estampida. Las lágrimas se deslizan por los laterales de los ojos y quedan suspendidas en la brisa, como cristales recluídos en tiempo y espacio.
De pronto, el aire la sostiene en sus brazos y la mece con dulzura, librándola del peso de la gravedad. Su cuerpo flota sin ofrecer resistencia en una danza etérea y ligera. Luego, lentamente vuela, como un ave en manos de nadie. Ya no siente el peso de los prejuicios ni de las normas sociales, de las miradas que discriminan, nada. Ni siquiera alas la elevan, sólo ella. Observa las calles de la gran ciudad como un fondo marino, maravillandose de esa misteriosa atracción que provocan en ella. Los rayos del sol juegan traviesos en su pelo oscuro, en infinitas maniobras de destellos y reflejos. Ahora siente cada cosa como si fuera la última: el aire al entrar a los pulmones, el corazón latiendo en el pecho, el grito que lucha por salir en su garganta... No lo reprime, por fin.
Abre los ojos.
El tejado continúa bajo su cuerpo, pero el cosquilleo aún recorre su vientre y una lágrima resbala por el lateral derecho de su ojo. Sonríe para sí al sentirlo y observa el filo del edificio, a apenas dos metros de su rostro. Se incorpora lentamente y avanza, pero en dirección contraria esta vez, hacia la ventana de su pequeño piso, por donde ha accedido al tejado.
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JamesLa negra bola de pelo la recibe con cariño.
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miau!- Si, ya lo sé, pequeño... Han pasado muchas cosas últimamente, pero prometo que nunca mas voy a dejarte solo.